De los numerosos conocimientos que la exploración espacial nos ha aportado, hay uno que resulta especialmente significativo para la convivencia en este planeta. Vista desde el espacio, la Tierra no presenta fronteras físicas entre los países. La división en Estados nacionales puede ser útil, pero esas fronteras son arbitrarias y han sido creadas por los seres humanos.
La organización del mundo en Estados nacionales forma parte de la historia de la humanidad y tiene su origen en una época anterior a la globalización. Ha aportado aspectos prácticos y ha favorecido la identidad local y el sentimiento de pertenencia. Sin embargo, también ha sido una causa constante de conflictos, y continúa siéndolo en la actualidad.
Por esta razón se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con el propósito de prevenir las guerras y fomentar la cooperación internacional en favor de la paz y la seguridad. La ONU realiza enormes esfuerzos para alcanzar acuerdos entre los Estados, promover el orden internacional y ofrecer ayuda allí donde existe necesidad. Su labor es indispensable y su propósito, profundamente valioso. Sin embargo, la situación del mundo demuestra que, por sí sola, no puede cumplir plenamente esta misión.
Mientras que en la ONU los representantes de los gobiernos defienden las posiciones de sus respectivos Estados y representan sus intereses particulares y sus reivindicaciones de soberanía, hoy resulta más evidente que nunca la limitación inherente a esta estructura. Falta una perspectiva orientada a la integridad de la vida planetaria; falta una voz que represente los intereses de la humanidad en su conjunto; y falta la participación democrática de la sociedad civil mundial.
La ONU sigue siendo indispensable, pero necesita una UPO como complemento y como aliada.
